TEATRO EN EL AULA

 

TEATRO EN EL AULA

 Iván Vera-Pinto Soto

 

 

Muchas experiencias educativas en el mundo han demostrado que con la incorporación de la práctica teatral en los establecimientos educacionales se puede lograr, dentro de un contexto entretenido, la maduración de los alumnos en las áreas cognitiva, social y afectiva. Los jóvenes, como protagonistas de sus propias obras, pueden desplegar la creatividad, la capacidad para tomar decisiones, la  habilidad comunicacional, la interacción en equipos; en fin, un conjunto de elementos positivos que sirven para el desarrollo integral que tanto se inculca en todos los proyectos que se han propuesto para nuestro sistema educativo nacional.

 

Lógicamente no me refiero solamente al hecho de leer literatura dramática en el aula, sino más bien a abrir la clase a otros temas educacionales. Por ejemplo, el teatro como estrategia metodológica, puede permitir acercar al estudiante a los conceptos básicos de la Educación Ambiental, mediante los juegos dramáticos, juego de roles y mimodramas. También se puede asociar el teatro con la educación social, cuya meta es lograr mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. En esta línea el teatro puede ser un buen aliado para alcanzar los objetivos de una educación permanente tanto en los niveles cognitivos, afectivos y comportamentales de los educandos. En resumen, tal como señalaba el maestro Augusto Boal, “El Teatro es una arma eficaz que puede servir de liberación si se sabe utilizar de una forma adecuada”.

 

Creo que nuestras Unidades Educativas deben poseer algo más que una buena infraestructura, algo más que nuevas tecnologías y algo más que sujetos dependientes del computador. Es imprescindible sumar espacios diversificados para las distintas prácticas deportivas y artísticas,  por medio de las cuales los cuerpos y la imaginación de los niños desarrollen la creatividad, el autoconocimiento, la habilidad, la destreza, el goce lúdico, etc.

 

Está demostrado que los cuerpos rígidos detrás de un escritorio o frente a una pantalla de un televisor no favorecen el incremento de mentes flexibles e innovadoras que tanto necesita el país. El teatro - como también ocurre con otras manifestaciones artísticas - puede estimular las capacidades internas del estudiante (a veces adormiladas), impulsarlo asumir un rol de liderazgo, prepararlo para su funcionamiento en un mundo tecnológico, científico y globalizado. El teatro puede formarlo para actuar en una sociedad de la información donde no sólo se requiere poseer profundos conocimientos  sobre áreas especializadas, sino también sobre el cuerpo y la persona, variables que contribuyen a los procesos de cambio social.

 

Frente al actual escenario social donde la espiritualidad está crecientemente ausente de nuestras  vidas, los adultos tenemos que pensar en el daño que podemos provocar en las futuras generaciones sino incorporamos estas actividades estéticas en todos los niveles educacionales y espacios sociales. La propuesta va más allá de hacer teatro como una actividad recreativa o un taller esporádico; sino, básicamente, como un acción sistemática y permanente en el aula y fuera de ella.

 

Consecuente con lo anterior, es importante que las instituciones educativas y comunales forjen un programa comunitario de teatro con los niños y los jóvenes que, por una parte, promueva y potencie actitudes positivas hacia la participación social y; por otra, ayude a recuperar  los espacios de socialización perdidos (plazas, parroquias, playa, clubes, etc.), los que en la practica se convierten en los mejores facilitadores de los aprendizajes básicos. Tal vez, esta puede ser una vía que disminuya la actitud pasiva, apática y extraviada que provoca el contexto social en algunos sectores de los educandos de nuestra ciudad.

 

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